Ésta
es una invitación a reflexionar sobre el
papel de los profesionales de la salud mental
en acontecimientos tan graves como el accidente
de la T4 que ocurrió la semana pasada.
La misma tarde del accidente recibí una
llamada de la edición digital de un periódico
de ámbito estatal para conocer mi opinión
sobre el papel de psiquiatras y psicólogos
en ese tipo de momentos. Hace tiempo que no colaboro
con ningún medio de comunicación
porque su actitud hacia las cuestiones de salud
mental es, casi siempre, deleznable. Pero la periodista
me avisó que llamaba de parte de un psiquiatra,
buen amigo mío; más tarde supe que
le dio mi teléfono para que yo dijera lo
que él no quería decir en público:
se sobreestima el papel de los psicólogos
y psiquiatras.
Es evidente que las personas sometidas
a un estrés agudo como el que
supone la pérdida repentina de un allegado,
en un suceso violento (aún no sabemos si
causado por algún humano o no) corren
peligro de acabar sufriendo un trastorno mental.
Eso lo puede generar la incertidumbre, una mala
comunicación de la noticia, dificultades
burocráticas diversas, una relación
emocional ambigua con la persona fallecida y otros
factores personales (ninguno controlable
por un profesional en esos momentos iniciales).
También es evidente que el familiar necesitará
en muchas ocasiones contención física
y social, al verse poco menos que enloquecer cuando
su construcción de la realidad se le tambalea
bajo los pies. Necesitará que no se recurra
a tópicos o frases hechas, que nadie intente
bajo ningún concepto mitigar su dolor.
Pero estas necesidades, ¿tienen que ser
cubiertas por un profesional? Muchos psicólogos
que acuden a auxiliar a los familiares son entrevistados,
interrogados sobre su función allí:
casi todos responden que lo único que hacen
es “estar ahí”. Probablemente
lo hacen muy bien, no hay nada más que
puedan hacer. Lo habrá, seguramente, más
adelante. Entonces los familiares comprobarán,
todos comprobaremos, si la Sanidad semi-pública
de Madrid está a la altura, o no…
Recuerdo que, en una mesa redonda, Abelardo Rodríguez
(Responsable Técnico del Plan de Atención
Social a Personas con Enfermedad Mental Grave
y Crónica de la Comunidad de Madrid) afirmaba,
como psicólogo, sentir vergüenza ajena
ante la evidente patologización de la vida
cotidiana que se plasma en las televisiones. Muy
interesante leer, a este respecto, La invención
de trastornos mentales, de Héctor González
y Marino Pérez. Todo es patología,
es ya intervención, no hay espacio para
la pura desesperación, para el dolor en
lo más profundo de uno mismo.
Y menos aún cuando desde determinas organizaciones
e instituciones aprovechan la ocasión para
lucir sus logotipos.
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