Alejandro Bello Gómez-
Psicólogo
(en Leal, J. y Escudero,
A. (2006) Continuidad de cuidados. AEN. Madrid.)
0. CONCEPTO DE “PERSPECTIVA” Y UBICACIÓN
DE LA QUE RIGE ESTAS PALABRAS
Cuando se nos echó encima el momento de
preparar los resúmenes para esta mesa me
encontré con el título y su idoneidad.
Una “perspectiva” conlleva un posicionamiento
individual y por ende subjetivo. Y eso es lo que
vamos a hacer. Asumir explícitamente nuestro
de vista siendo consciente de que no tiene por
qué coincidir con otros o con el mayoritariamente
aceptado. Pero pobre de aquel que crea que no
toma partido ni perspectiva, porque la toma sin
saberlo. Como aquel que discuta escolásticamente
de conceptos o datos que ni vengan de la realidad
ni vuelvan a ella en forma de actividad transformadora.
Que no se extrañe nadie si a lo largo del
texto no encuentra muchas captatio benevolentia
(“desde nuestro punto de vista, a nuestro
entender, pudiera interpretarse, quizás
sería adecuado concluir…”).
A petición de los coordinadores de esta
mesa, hemos aplicado nuestros constructos del
ámbito ideológico-político
para la aproximación al análisis
de las asociaciones de (familiares) de salud mental.
Quizás en algún momento pueda el
lector sentir atacados sus constructos de corte
ético, pudiendo incluso a sentir enfado
o ira hacia el texto y su autor. Que no se asuste
nadie. No es más que el resultado de asomarse
a atisbar la realidad existente un poco más
allá de los límites permitidos y
por ende habituales. A todos nos puede costar
hacernos a la idea de un voluntariado que escapa
de nuestro ideal o lo contraproducente de determinadas
maneras de entender el movimiento asociativo.
Sólo pediría que el lector se ubicara
en una posición invitacional (releamos
a George A. Kelly), dejando un margen a la posibilidad
de que otra perspectiva sea más enriquecedora.
1. ORIGEN DE LAS ASOCIACIONES
Internacionalmente, las asociaciones, como movimientos
sociales, surgen de la necesaria oposición
a la realidad existente, de un balance negativo
entre la realidad y las necesidades percibidas
por una población dada en un momento dado.
Según el Principio de Oposición
de Tourain, los movimientos sociales existen porque
ciertas ideas no son admitidas o ciertos intereses
son reprimidos en un momento social históricamente
determinado. Más tarde nos preguntaremos
qué intereses y cómo son inhibidos
(2).
Respecto a su denominación, variada y transformada
con el paso de las décadas, señalar
que el término “O.N.G” proviene
de la adaptación de “Organización
Internacional No Gubernamental”, es decir,
organizaciones de cooperación internacional.
Otros términos habituales que hacen referencia
a procesos similares son “asociación
voluntaria”, “movimiento social”
o “movimiento urbano”. En este texto
usaremos todos ellos de manera indistinta, con
permiso del lector.
Los movimientos sociales adquieren cuerpo, forma
y respeto en los años sesenta, cuando en
las democracias burguesas se empieza a vislumbrar
la idea de que la participación política
no pasa exclusivamente por las cíclicas
urnas, sino que hay otras formas de expresión
y participación política también
legítimas.
En nuestro país, las asociaciones de salud
mental surgen a raíz de las consecuencias
de la Reforma Psiquiátrica. Cuando el tratamiento
empieza a adquirir algún tinte comunitario
las familias empiezan a verse desbordadas. Esta
cuestión es importante. No es difícil
encontrar a asociaciones atrapadas en un discurso
“de doble vínculo”, ya que
suelen reclamar recursos comunitarios pero a la
vez especializados y biologicistas (lo que sin
embargo les hace alejarse de lo comunitario).
No es de extrañar: todas las asociaciones
voluntarias comparten los criterios de ser paliativas,
asistencialitas, segmentadas territorialmente
y desuniversalizadas. Tal como ha entendido tradicionalmente
el capital la asistencia en sus modelos de Seguridad
Social.
Pero no perdamos de vista que en aquel momento
el Sistema Nacional de Salud intentaba conformarse
como una mezcolanza de los sistemas de Seguridad
Social burgueses y los Servicios Nacionales de
Salud socialistas (así son las habituales
cabriolas imposibles de la socialdemocracia).
La implicación de aquel modelo (en aquel
momento) conllevaba que era casi un sacrilegio
hablar de gestión indirecta o cualquier
otro tipo de privatización. Que separar
la titularidad y la gestión era aberrante.
Que no había dictámenes del Banco
Mundial o de la Organización Mundial de
Comercio (ni menos aún de constituciones
europeas como la que nos amenaza) que promovieran
diferentes formas de privatización en pos
de expandir los ámbitos donde el capital
pudiera crecer de forma exponencial. Por otro
lado, tengamos en cuenta que en los últimos
años de la dictadura fascista española
se produjo el desarrollo de un tejido asociativo
alrededor de las asociaciones de vecinos y algún
sindicato que supuso una experiencia de organización
colectiva sin precedentes en la dictadura. La
sociedad civil organizada estaba en pleno auge.
El P.C.E. era el partido que contaba con más
afiliados.
Sin embargo, mediante un proceso de revolución
pasiva, fueron subsumidos cuadros de aquellas
organizaciones. Algunas personas comenzaron a
ocupar puestos de coordinación y dirección.
Las condiciones materiales puede que no determinen
las conciencias, pero claro está que las
condicionan enormemente. El modo de vida de aquellos
dirigentes cambió. Y del mismo modo lo
hicieron sus conciencias. Lo que se justificaba
como objetivo a conseguir mediante la organización
de la sociedad civil pasó a justificarse
como objetivo a conseguir, fundamentalmente, mediante
las instituciones. No es gratuito el cambio. La
ideología justificadora del capitalismo
tardío pasa por separar artificialmente
en su discurso al Estado de la organización
económico-política de los sujetos.
Desde nuestro punto de vista y aunque nos cuesta
admitirlo, con cierta dosis de razón, se
ha dicho de las asociaciones que son medios encauzadores
y en cierta medida resolutores o minimizadores
de las tensiones sociales, de las contradicciones
del sistema, su válvula de escape (ver
más abajo). Y es que si realizamos un análisis
dialéctico, encontraremos en la sociedad
“civil” un complemento a las fallas
del sistema; cuando el Estado se vio despojado
de su papel, se llevó a cabo un proceso
de des-socialización, de inmersión
en un modelo social en el que la certidumbre y
los marcos colectivos de protección desaparecen.
Sólo el comportamiento individual y voluntario
como ejercicio de libertad (dicen ellos) será
el mecanismo válido para compensar los
desarreglos sociales que produce el modo de producción
capitalista. En ese punto, que nadie se acuerde
de las causas económicas o políticas,
que probablemente será mal visto.
Aunque sea desagradable decirlo, no nos queda
más remedio que reconocer que el tercer
sector, que actúa mediante el voluntariado,
la economía social sostenible y otras estrategias
de ese corte, está compuesto por elementos
praxiológicos regulados por el capital,
que aprovecha para legitimar en adelante tanto
su desentendimiento de lo social como la desestructuración
de la sociedad que él mismo genera.
Para nosotros, es notable la clarividencia por
parte de Antonio Gramsci (filósofo italiano,
fundador del P.C.I.), quien describe a la sociedad
civil como un componente en continua transformación
dialéctica que de ese modo cumple las funciones
específicas de cada momento concreto; así,
la hegemonía sobre esa sociedad civil intenta
ser conservada o arrebatada por las clases dominante
u oprimida respectivamente. Conviene no olvidar
que la clase dominante detenta la habilidad de
“no intentar impedir las manifestaciones
de la diversidad sino cooptar todas ellas dentro
de su proyecto de construcción global del
entramado social” (1). Precisamente por
ello, la alternativa no va a ser nunca ninguna
opción que forme parte de su construcción
global, aunque se le revista con los trajes de
la alternativa.
En el ámbito del asociacionismo, pues,
como en cualquier otro, confluyen y chocan los
intereses de las diferentes fuerzas políticas
y sociales, lejos de ser causado por un interés
solidario o altruista. El discurso dominante propone
la fetichización del Estado como si fuese
una entidad autónoma por encima del resto
de la sociedad, dificultando así su alternatividad,
separando artificialmente lucha económica
de lucha política, trabajador de ciudadano.
De este modo, reduciendo la cuestión al
ejercicio voluntario de la libertad, el puzzle
se completa.
2. TIPOLOGÍA
DE MOVIMIENTOS SOCIALES
Si partimos de que las asociaciones surgen por
la existencia de cierta exclusión de personas
o ideas, podríamos catalogar a los movimientos
asociativos en coyunturales (destinados a satisfacer
la resolución de una contradicción),
estructurales (que opinan que si hay contradicción
estructural entre las necesidades de acumulación
del capital y la satisfacción de las necesidades
integrales se producen efectos de explotación
económica, ideológica y político-represiva)
e ideológicos (destinados a promover el
cambio hacia una mayor congruencia con determinados
valores)(2).
Parece bastante claro que la mayor parte de los
movimientos asociativos (y especialmente el de
salud mental) se encuadran en los coyunturales,
olvidando voluntariamente toda perspectiva holística
que tenga en cuenta los diferentes factores asociados
a la salud mental. Se reproduce así el
modelo de salud-enfermedad dominante, marginando
las explicaciones socioeconómicas y a veces
hasta las psicosociales.
Pero preguntémonos: ¿Cómo
serían las cosas si el movimiento asociativo
de salud mental reclamara otro modo de vida u
otra organización de la producción?
Datos no faltan para proponerlo: los informes
de la Organización Internacional del trabajo,
que relacionan modo de producción y salud
mental, las incidencias y prevalencias actuales
de los países antes pertenecientes al bloque
socialista o los informes anuales de la O.M.S.
Pero hasta chirría pensarlo, da la sensación
de que uno está escribiendo barbaridades,
de tan asumido que tenemos el discurso dominante.
Además, ¿qué nivel de tensión
estaría dispuesto el poder a soportar?
Parece bastante claro que las manifestaciones
pacíficas forman ya parte del paisaje urbano.
3. ASOCIACIONES Y PODER
ESTABLECIDO
Enlazamos, pues, con las posibles estrategias
utilizadas por los movimientos para alcanzar sus
objetivos: persuasión, negociación
y coerción. ¿Cuáles de estas
estrategias estarían permitidas en nuestra
“democracia”? ¿Cómo
hacer frente a la violencia pre-voluntaria del
Estado, del statu quo? Muy poco margen nos queda
para la reivindicación. En palabras de
Mario Benedetti, “el grito tan exacto si
el tiempo lo permite”... (4)
En el momento en que se tensan las contradicciones,
los garantes ideológicos, los intelectuales
orgánicos, se encargan de hacer creer que
es bien común lo que son intereses de la
clase dominante, realizando un proceso de mixtificación
y generación de falsa conciencia en el
que la clase oprimida se enfrenta a mensajes del
estilo de “sabes que esta demanda es estupenda
pero también sabes que no podemos llevarlo
a cabo”. Este mismo proceso de reproduce
con los dirigentes del movimiento asociativo cuando
entran en interacción con los representantes
de las administraciones. A lo largo de la repetición
de estas interacciones se lleva a cabo un proceso
de socialización hegemónica en el
que muchos gobernados aprenden lo que los gobernantes
esperan de ellos (5).
No es de extrañar, entonces, que la desconfianza
política correlacione positivamente con
la realización de actividades políticas
no convencionales o con su aceptación.
Varios estudios han demostrado que esto es así.
El máximo exponente lo encontramos en que
la mayor parte de los votos los introducen en
las urnas los miembros de la clase dominantes.
Los pobres no votan. (6)
Y las asociaciones tienen un papel fundamental
en todo este asunto de las ideología y
las explicaciones, ya que no les queda más
remedio (por el mero hecho de estar ahí)
que mantener opiniones formadas y no dejar imponerse
otras nuevas (tal como los estudios han demostrado
que hace la televisión en los procesos
electorales). Elisabeth Noelle- Neuman (7) afirma
que el efecto de los medios de comunicación
es propiciar una “espiral de silencio”,
un efecto de normalización, de aceptación
de las actitudes y opiniones dominantes. En palabras
de Paul Ricoeur, “la ideología funciona
para agregar cierta plusvalía a nuestra
creencia a fin de que nuestra creencia pueda satisfacer
los requerimientos de la autoridad” (8).
Y las Juntas Directivas de asociaciones que no
pongan en tela de juicio esas explicaciones realizan
con sus asociados el mismo proceso.
He aquí algunos ejemplos llamativos pero
clarificadores:
- Se excluye de casi todo discurso la prevención.
Se excluye de todo discurso la prevención
socioeconómica.
- Todos sabemos (o estaría bien que supiéramos)
que la terapia cognitivo-conductual es una forma
de terapia breve más adaptada a criterios
económicos de eficiencia defendidos por
los seguros estadounidenses que a criterios de
calidad. Sin embargo, es frecuente encontrar defensas
por parte de los propios asociados de ese modelo
“porque es lo que dicen los estudios”.
- Se utilizan términos y criterios afines
a la ideología dominante como “calidad
de vida” sin saber o querer distinguirlo
de “modo de vida” (10)
- Se exige últimamente la inclusión
de todo el proceso de rehabilitación en
lo “sanitario”, fragmentando las diferentes
partes de un conjunto, en una visión parcial
y medicalizada (de hecho se habla de nuevo de
la “rehabilitación psiquiátrica”)
de la rehabilitación.
- Se fomenta la división del trabajo según
profesiones en lugar del trabajo interdisciplinario,
llegando incluso a proponer la exclusión
de las actividades psicoterapéuticas de
las actividades a realizar por los psiquiatras.
- Se mantienen relaciones burocráticas
con instituciones burocráticas, al corte
de los colegios profesionales. Un ejemplo concreto
lo tenemos en el apoyo reciente de las asociaciones
de salud mental al Colegio Oficial de Psicólogos.
- Se fomenta el voluntariado como actividad formativa,
siendo en realidad regalar (ya no vender) la fuerza
de trabajo.
- Se reproducen modelos empresariales en la organización
y gestión de las propias asociaciones.
Por no hablar del acoso laboral (o como queramos
llamar a las críticas, minusvaloraciones,
etc.) a los trabajadores o el fomento de la competitividad
entre ellos! (esa misma competitividad tan poco
útil para la salud mental de sus familiares).
Desde hace pocos meses, en algunas asociaciones
se analiza las ventajas del pago de comisiones
por objetivos!
4. DEMANDAS DE LOS ASOCIADOS
Pero, ¿qué le hace a un ciudadano
involucrarse con una asociación de salud
mental?
Hay tres fases de la dinámica del paso
a un comportamiento activo junto a un movimiento
social: información (explicación
de la situación y acusación de los
agentes), conversión (en reivindicaciones
y oposición al sistema ó reivindicaciones
y proyecto vital, según el movimiento social
que sea) y manifestación (lucha). ¿Cuál
es el prototipo del asociado actual? Claramente
el conversivo que se conforma con obtener de su
asociación servicios (al igual que los
sindicatos de clase se han transformado en sindicatos
de servicios). ¿Qué demanda un asociado?
Tomando como ejemplo los datos de la mayor asociación
de Madrid un año cualquiera, encontramos
que la demanda fundamental es de actividades de
ocio para su familiar. Y respecto a las actividades
para familiares encontramos que las asociaciones
cubren todo el espectro de asistencia, desde la
informal autoayuda hasta casi la formal terapia
familiar.
Además, es sabido que la pertenencia a
redes sociales aumenta la sensación de
predictibilidad, estabilidad y control. Ello produce
notables efectos positivos en el bienestar del
familiar (en general, en cualquier persona). Sin
embargo, se produce una generación de roles
sociales altamente peligroso ya que se valida
una y otra vez la dependencia y el sufrimiento
del familiar, con las consecuencias negativas
que ello conlleva. Aquellos que hayan pasado por
un grupo de autoayuda saben a qué me estoy
refiriendo.
Y ahora la gran pregunta que llevamos años
formulándonos: ¿dónde están
las asociaciones de usuarios? Si aproximadamente
la mitad de las personas con un diagnóstico
de trastorno mental crónico presenta un
nivel de funcionamiento adecuado, ¿por
qué no son ellos los asociados?
5. ROLES PROFESIONALES
EN LAS ASOCIACIONES DE SALUD MENTAL
Es difícil esbozar sin reparos las características
profesionales de los trabajadores de las asociaciones.
Por un lado, profesionales de baja o media cualificación
dedicados a tareas administrativas o de mantenimiento
(muchos de los cuales son propios usuarios de
programas de rehabilitación laboral). Por
otro, técnicos variados que conforman una
macedonia curiosa: trabajadores sociales, psicólogos,
educadores sociales y otros títulos menores.
¿Quién hace qué en las asociaciones?
Lo habitual es que termine todo el mundo haciendo
de todo, por la sencilla razón de que economizar
costes conlleva que el primer técnico que
contrata la asociación rellene los formularios
de subvenciones y justificaciones, se ocupe del
servicio de información, ofrezca aconsejamiento
y por momentos (puede que sin saberlo y con peligro)
hasta realice psicoterapia. Pasado un tiempo,
la asociación se complejiza. Entra más
dinero. Se compran materiales nuevos. Aparecen
nuevos profesionales. El trabajador social es
abocado a rellenar impresos de formularios. O
puede que no. Y la espiral acaba cuando se puede
plantear abaratar costos contratando técnicos
menos cualificados.
De modo que aquel ideal en el que los trabajadores
tenían ámbitos específicos
y otros compartidos (representado por aquellos
círculos que concurrían en intersección)
que intentaba superar el embudo (en el que alguien
sabía hacer de todo, muchos sabían
hacer bastante y unos pocos hacían única
y exclusivamente unas pocas tareas) pasó
a la historia. Si sale barato, se contrata a cualquier
“profesional”. De sentido común
es que los usuarios y familiares son los que salen
perdiendo. Especialmente en algunos servicios,
como la atención a domicilio, donde se
intenta que el sujeto reconstruya su atribución
de la situación en que se encuentra. Son
notorios los casos en los que el profesional ha
salido a trompicones por la escalera de la casa
del usuario cuando aquel le ha producido una invalidación
masiva. Esto es lo que causa el deseo de ahorrar.
6. LAS ASOCIACIONES,
LA ADMINISTRACIÓN Y LA CONTINUIDAD DE CUIDADOS
La relación con la administración
puede analizarse desde la vertiente de sus conexiones
burocráticas y desde la vertiente de sus
conexiones económicas.
Respecto a las conexiones burocráticas,
podemos analizar cuáles son las vías
de información y coordinación entre
políticos y profesionales de ambos lados,
recursos y asociaciones. Las asociaciones de familiares
tienen una representación cada vez mayor,
unos cauces de comunicación cada vez más
directos con los representantes políticos.
La lástima es que la mayor parte de las
veces no es más que parte de la parafernalia
habitual y ocasión preciosa para repetir
los procesos de mixtificación mencionados
más arriba. En los últimos años
se ha producido un controvertido proceso por el
que los psiquiatras y los coordinadores de cuidados
“derivan” a los usuarios a las asociaciones.
Es difícil una toma de postura clara al
respecto. Por un lado, cuesta cerrar la puerta
a todo lo que pueda ser un apoyo rehabilitador,
pero por otro lado se está reproduciendo
el papel de “servicio” de las mismas
asociaciones. Es decir, se olvida todo compromiso
de negación de la realidad existente y
el socio acude a comprar servicios con su cuota.
En el intento de esbozar una situación
idealizada, nos encontramos con que ese esbozo
dependerá radicalmente de la propia organización
del subsistema sociosanitario. El papel de las
asociaciones (de familiares) quedaría estrechamente
ligado al del resto de mecanismos de “participación”
(en términos actuales) o “autogestión”
(llamando a las cosas por su nombre). Es decir,
en una situación ideal la salud no sería
entendida de forma independiente del modo de vida
y las necesidades sanitarias tampoco podrían
desligarse del funcionamiento de la sociedad civil
organizada. Para definir las tácticas y
estrategias, “mientras tanto”, nos
remitiremos al punto primero: según sea
el origen, así serán sus análisis
y sus herramientas.
Respecto a la continuidad de cuidados, sólo
decir (ya que no es el objetivo de este trabajo)
que las familias corren el riesgo de realizar
una función de espejo que refleja la descoordinación
entre dispositivos, la no coordinación
real a nivel clínico y la prepotencia de
los profesionales que se creen por encima de los
demás (habitualmente de los dispositivos
hospitalarios). Es decir, de la no continuidad
de cuidados. Analizar a las familias en la continuidad
de cuidados conllevaría una apasionante
formulación metateórica, teórica
y clínica de la psicopatología de
los trastornos mentales graves y persistentes.
Pero insistimos en que ésa no es la función
de este texto.
Debemos evitar, no renunciando a una dosis de
optimismo necesario, que las asociaciones de familiares
se conviertan en meros representantes de la queja
patologizada. Si son convocadas a las reuniones
de las comisiones de rehabilitación de
área, que allí, por aquello de que
la cortesía es ocultar la parte de nuestra
opinión que peor queda, no se conviertan
en sembradoras de quejas y recolectoras de cortesías.
En el plano de lo económico, es difícil
imaginarse una asociación capaz de pervivir
sin el apoyo de subvenciones pero reflexionemos
un instante sobre los efectos en el funcionamiento
de la asociación: por un lado, trabajadores
en situación siempre precaria (frecuentemente
con discontinuidad laboral). Por otro, Juntas
Directivas con alma de patronos.
En el Plan de Atención Social a Personas
con Enfermedad Mental Grave y Crónica 2003-2007
de la Comunidad de Madrid se alude expresamente
a la “coordinación con el movimiento
de asociaciones de familiares (...) incrementando
el apoyo económico al movimiento asociativo
mediante las convocatorias anuales de subvenciones
que les permitan consolidarse y avanzar en el
desarrollo de programas y servicios de apoyo que
complementen a la red pública de recursos.”
¿Quién se atreverá a levantar
la voz contra el que le da de comer? Ya se encarga
el Estado de garantizar que la sociedad civil
no sea también lugar de contestación,
"escenario legítimo de confrontación
de aspiraciones, deseos, objetivos, imágenes,
creencias, identidades, proyectos, que expresan
la diversidad constituyente de lo social"
(11).
6. BIBLIOGRAFÍA
1. Piqueras, Andrés. Oenegeísmo
y política. Paradojas de una sociedad muy
poco civil. Revista Témpora 2001. 4.
2. Tourain A. Crítica de la modernidad.
Madrid: Temas de hoy; 1993.
3. Rueda JM. Acción e intervención
social planificada: movimientos urbanos y desarrollo
comunitario. En: Martín, Chacón,
Martínez, coordinadores. Psicología
comunitaria. Madrid: Visor; 1989.
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enfermedad mental grave y crónica 2003-2007.
Consejería de Servicios Sociales. Comunidad
de Madrid; 2003.
5. Benedetti M. Inventario III. Madrid: Visor;
2003.
6. Dawson RE, Prewitt K, Dawson KS. Political
socialization. Boston: Little, Brown y comp.;
1977.
7. Acherbach JD, Walker JL. Political trust and
racial ideology. American political science Review,
1970. p. 1199-1219.
8. Noelle-Neuman E. La espiral del silencio. Barcelona:
Paidós; 1995.
9. Ricoeur P. Ideología y utopía.
Taylor G, comp. Barcelona: Gedisa; 1997.
10. Huertas R. Neoliberalismo y políticas
de salud. BCN: FIM- El viejo topo. 1998.
11. Acanda JL. La democracia como autoconstrucción
de los sujetos. Las funciones de la idea de sociedad
civil en la teoría política marxista.
Recerca, 1997. Dpto. de Filosofía y Sociología.
Universitat Jaume I de Castellón.
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