Si algo
aprendí durante seis años de atención
domiciliaria es que las variables a manejar en
la relación terapéutica son primordiales.
Más allá de estrategias de respeto
y sentido común (tales como rogar encarecidamente
al familiar del usuario que no le diga que eres
un amigo, que te ha encontrado en… ¿una
empresa de préstamo de amigos de gente
aislada?), el clínico ha de responsabilizarse
de generar un encuadre compartido con el usuario
y recabar la información suficiente para
poder devolver al sujeto un modelo de su propio
funcionamiento que le permita incrementar la conciencia
de su situación y así generar mayor
capacidad predictiva en los nuevos contextos a
los que se enfrentará gracias a la intervención.
Lo que mantendrá al usuario aislado será
una narrativa evidentemente saturada, por lo que
habrá que trabajar en generar una nueva
narrativa suficientemente parecida y suficientemente
diferente. Creo que nadie dudará de la
necesidad de una buena preparación clínica
para conseguirlo.
Por la propia naturaleza del ser humano, en este
proceso de ponerse en manos de alguien se activan
en el sujeto determinados sistemas motivacionales,
patrones cognitivos, esquemas emocionales o como
se les quiera llamar. Y resulta muy difícil
asumir que ese proceso es más difícil
ante dos personas que ante una. E imposible (o
casi) ante más de dos.
No quiero decir con esto que la intervención
en el domicilio óptima sea una psicoterapia
individual al uso. Cada miembro de un equipo multidisciplinar
tendrá su relevancia, sus funciones y sus
objetivos a cumplir con los usuarios. Pero la
intervención psicológica en estas
circunstancias suele ser la premisa para poder
cumplir objetivos no clínicos. En las decenas
y decenas de usuarios miembros de los servicios
de atención domiciliaria que conocí
encontré las siguientes causas para la
inactividad/aislamiento: sintomatología
positiva interfiriente con rutinas, desorganización
comportamental asociada a sueño cambiado
y déficit metacognitivos que imposibilitaban
el desarrollo de cadenas conductuales. Para poder
trabajar en cada una de esas situaciones se necesita
esfuerzo y compromiso del usuario. Y el usuario,
como cualquier otro ser humano, fíjate,
no va a cumplir los deseos de los profesionales
que le visiten hasta que no se ganen la legitimidad
de ser validadotes/invalidadotes autorizados,
o sea, que te lo tienes que currar. No son animales
a los que se les pueda pasear, aunque haya que
pasear charlando de cosas intranscendentes (o
transcendentales, lo mismo da). No son cabezas
huecas que no han entendido “lo que les
pasa” (que tienen una enfermedad grave y
crónica, que la actividad mejora el ánimo,
que relacionarse reduce el malestar psicológico,
etc…) y están esperando que un iluminado
se lo cuente. No son cojitos que no puedan caminar
hasta que un alma caritativa les dice que vayan
a dar una vuelta. Son personas que en un momento
dado de su vida creen que el aislamiento y la
inactividad son la mejor de las opciones.
|