| Alejandro
Bello y Eva Muñiz
Director y Psicóloga del CRL Vazquez de
Mella
Marzo 2007
“no existe un modo correcto de conducirse
como familia, pero sí hay algunos tipos
de estructura que tornan a las familias más
susceptibles de entrar en crisis bajo la influencia
de ciertas clases de tensión”.
Pittman, 1998
Sobreprotección,
criticismo, hostilidad, ausencia de límites,
son algunos de los términos con que acostumbramos
a denominar el esfuerzo de los padres por mantener
el equilibrio en situaciones límite.
Durante estos años he pensado que la Escuela
de Familias debía ser un contexto donde
empezar a inducir cambios en las conductas de
los padres para favorecer la inserción
laboral de sus hijos.
Les hemos “enseñado”, que para
eso es una “escuela”, cómo
hacer una buena labor de orientación, cómo
apoyar los entrenamientos de los talleres, como
manejar situaciones difíciles e incluso
cómo ser mediadores laborales. Tratar la
enfermedad y sus efectos en la familia “contaminaba”
el encuadre laboral que siempre se ha querido
dar al recurso y “patologizaba” a
los usuarios. Y una vez más caímos
en la parcelación del individuo, en concebir
la vida como un sumatorio de áreas y no
como una experiencia integrada.
En definitiva, hemos evitado temas importantes
para ellos y les hemos instruído para tener
un CRL en el hogar. No lo aprendieron (son más
listos que nosotros), porque cómo decía
mi compañera Esther, lo que quieren es
ser madres y padres, sin más.
A veces no tenemos en cuenta que el proceso de
los padres discurre paralelo al de sus hijos.
Aquellos también tienen que comprender
qué ha pasado, elaborar las pérdidas,
diseñar nuevos proyectos y lidiar con emociones
difíciles como la culpa, el miedo, la ira,
la vergüenza y la tristeza. Desde el punto
de vista estrictamente racional todos estamos
de acuerdo en que el futuro es incierto, que no
tenemos garantizada la salud (física o
mental) y que a cualquiera nos puede ocurrir una
desgracia, sin embargo, la experiencia subjetiva
nos dice que nuestra vida va a transcurrir tranquila,
que nuestros hijos van a tener un trabajo y van
a darnos nietos y que vamos a morir tranquilos
dejándolo todo en orden. En el momento
del diagnóstico de una patología
mental grave la familia ve fragmentarse su presente
y su imagen del futuro. Entran en el caos de una
realidad desconocida.
El diagnóstico de sus hijos lleva implícito
un diagnóstico de su labor como padres,
son igualmente estigmatizados, juzgados, e invalidados.
Cada familia diagnosticada configura con cada
profesional y la compleja red de atención
un nuevo sistema. Los roles se redefinen, las
funciones se reparten, las normas se dictan desde
las consultas, hasta el hogar pierde su característica
de espacio íntimo y propio. Sus movimientos
se observan y se critican. Se establecen nuevas
maneras de relacionarse con el mundo, en las que
a menudo los profesionales hacen de mediadores.
La familia corre el riesgo de ser ninguneada,
incapacitada y “tutelada”.
Y para terminar de dar forma a su situación
elaboramos una Escuela, en la que siempre se les
va a “enseñar”, hay una figura
de “profesor”, y una de “alumno”
alguien que sabe y alguien que debe aprender.
“Escuela” se convierte en un nombre
pretencioso, que sitúa a las partes en
roles predefinidos. Una vez que las familias han
obtenido una información que les permita
orientarse en este nuevo territorio, “enseñar”
debe convertirse en “entender”, en
aprender cada “idioma familiar” y
aportar otras perspectivas que sean traducibles
a su lenguaje. La “realidad” se puede
ver desde muchos ángulos y con muchos tipos
de gafas, ellos aportan unas y nosotros otras,
todas las visiones son parciales y sesgadas. Los
procesos de cambio se producirán desde
su sistema de valores, desde su manera de entender
la paternidad y el significado que otorguen al
trabajo, la independencia y la familia, no desde
los nuestros.
Obediencia no es cambio.
Intentemos hacer nuestro trabajo sin colonizar
mentes y dejemos las escuelas para los profesores.
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