Alejandro
Bello
Director del CRL Vázquez de Mella
Es ampliamente conocido que las personas con trastorno
mental severo suelen presentar un déficit
de “literalidad” que les dificulta
la elicitación de una teoría de
la mente más o menos acertada de su interlocutor.
También es cierto que después de
tantos años convencido de que el trastorno
mental severo no se contagia voy a tener que cambiar
de opinión, ya que es cada vez mayor el
número de profesionales con dificultad
para captar la diferencia entre literal y metafórico,
textual y entrelineado, realidad y simulación.
Esta epidemia llega hasta los nuevos centros de
rehabilitación laboral. Tradicionalmente,
y seguro que con la mejor de las intenciones,
se ha considerado a los talleres de los centros
de rehabilitación laboral un entorno donde
no podía oler a psicólogo clínico
ni a terapeuta ocupacional. Esto se ha desarrollado
así con el objetivo de reproducir con la
mayor de las exactitudes el entorno que más
adelante encontrará el usuario que se incorpore
al mundo laboral. Tiene sentido, suena bien, suena
a “normalizador”, buen rollito, etc…
Sin embargo, un análisis un poco más
elaborado no hace más que mostrar la demagogia
de esta medida.
La simulación consiste en aplicar los constructos
que uno no tiene asumidos como propios pero de
los que se es capaz de revestir porque se encuentran
justo en la linde de los constructos desconocidos.
Un ejemplo clásico (que proviene de la
psicología, fíjate tú) es
la técnica de Rol Fijo de George A. Kelly,
fundador “oficial” de la teoría
de constructos personales. Esta técnica
consiste en desarrollar un papel, un rol, que
el sujeto va a aplicar sin avisar a sus allegados.
Este rol va a ser suficientemente parecido al
habitual y suficientemente diferente, lo justo
para provocar la experiencia que le permita al
sujeto reconstruir ciertos significados sobre
los demás y sobre sí mismo. Pues
bien, éste es el proceso necesario para
asumir que se está simulando.
Lo que se ha hecho tradicionalmente en los centros
de rehabilitación laboral en los contextos
de taller ha sido aplicar contingencias estimulares
con conductas de los usuarios. Eso no es simulación.
Si un usuario llega tarde y recibe un comentario
recriminador por parte del encargado de taller
se esté castigando la conducta de llegar
tarde en el contexto de taller . Eso no garantiza,
ni muchísimo menos, la generalización
de la conducta a otros contextos (laborales, por
ejemplo). Si no se hace un buen análisis
de lo que determina esa conducta no vamos a controlar
los factores que la van a hacer disminuir o incrementar.
Y si se hace un buen análisis, pues enhorabuena
a los premiados. Pero eso tampoco es simulación.
No es por nada, simplemente no es simulación.
Puede ser muy útil, hay que usarlo, pero
no es simulación. No queda por menos que
concluir que la aparición de otros profesionales,
como terapeutas ocupacionales, psicólogos,
el del gas, el de la luz o el cobrador del frac
no tiene por qué interferir en ese proceso
de establecimientos de contingencias (que, no
sé si lo he dicho ya) no es un proceso
de simulación. Si acaso, es disimulo.
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